domingo, 9 de agosto de 2026

EL LIBRO MÁS ÚTIL DE MI BIBLIOTECA.

 

EL LIBRO MÁS ÚTIL DE MI BIBLIOTECA.

 


Edgardo Rafael Malaspina Guerra

1

He leído muchas frases célebres sobre los libros. Me gustan las de Jorge Luis Borges,  Augusto Monterroso, Marguerite Yourcenar e  Irene Vallejo, por nombrar a algunos escritores. Pero a la final me quedo con una de Montesquieu, porque considero que me ha servido mucho  en momentos muy difíciles. Montesquieu escribió:

“No he sufrido nunca una pena que una hora de lectura no me haya quitado”.

2

Mi biblioteca fue creciendo lentamente. Aparecieron novelas, ensayos, tomos de historia y poesía. La mayoría de los ejemplares los encontré en librerías formales y de viejo. A estas últimas pertenecen  los comprados a Emilio, el buquinista de San Juan de los Morros, y también los que me traje, con generosa ventaja económica, de las buhardillas y ferias medievales que pululan debajo del puente de Las Fuerzas Armadas en Caracas .

 

Otros me fueron obsequiados en sus presentaciones o bautizos. Otros más, me los regalaron amigos. Ese fue el caso de   “La victoria estratégica” (2010) de Fidel Castro, un mamotreto de casi mil páginas, donde Castro narra la lucha del Ejército Rebelde contra el ejército de Fulgencio Batista.

Le di unas ojeadas para  aplicarle  las tecnicas  recomendadas por Pierre Bayard en su ensayoCómo hablar de los libros que no se han leído” (2008); y entendí que ,de alguna manera, Castro  quiso imitar a Julio César en sus Comentarios de la Guerra de las Galias.

 

3

Me dije: ya leí en mi juventud los diez tomos de Guerra de guerrillas del Che Guevara. Esa época romántica y utópica ya pasó. Este no lo leeré.

 “El que no es de izquierda de joven no tiene corazón, y el que lo sigue siendo de adulto no tiene cabeza”. Afirman que lo dijo Winston Churchill.

 

4

“La victoria estratégica”  está hilvanada a través de largos discursos repetitivos: una página abierta al azar tiene un texto que parece encontrarse con la misma grandilocuencia  en otra página, también abierta al azar.

5

Comprendí entonces que aquellas mil páginas exigían    paciencia que ya no tengo. Como decía un amigo italiano allá en Las Mercedes del Llano: Me llegó la “viejez”, y el tiempo pasa más rápido.

El destino quiso que, precisamente por aquellos días, la mesa-escritorio  de mi biblioteca empezara a cojear.

Probé los remedios habituales: cartones doblados, papeles, pequeños trozos de madera. Nada funcionaba. Siempre terminaban desplazándose y el problema reaparecía. 

6

Mientras buscaba una solución definitiva, mis ojos se detuvieron sobre el enorme libro de los discursos de            Castro. Permanecía olvidado en un rincón, intacto, orgulloso y completamente inútil.

Entonces tuve una revelación. Lo coloqué cuidadosamente debajo de la pata más corta de la mesa. El resultado fue inmediato. La mesa quedó perfectamente estable. Ni un movimiento. Ni un balanceo. Ni un             libro en el suelo.

Por primera vez desde que aquel voluminoso ejemplar había entrado en mi casa, prestaba un servicio auténtico.

7

Confieso que experimenté una satisfacción difícil de describir. No porque hubiera encontrado una solución práctica, sino porque, de repente, todas aquellas frases célebres sobre los libros adquirieron un significado inesperado.

Montesquieu tenía razón. Aquel libro alivió uno de mis problemas, aunque sospecho que no era exactamente el tipo de alivio que él tenía en mente.

También era cierto que un libro siempre viene en nuestra ayuda. Algunos lo hacen iluminando nuestra mente. Otros, estabilizando una mesa.

8

Comprendí la profundidad de la sentencia de Umberto Eco: “Los libros deben respetarse usándolos, no dejándolos en paz”.

9

Con esta  idea de reparar la pata de una  mesa con un método libresco, aunque  poco convencional, no aspiro a incursionar en la ebanistería. Ese arte esencial es para gente muy talentosa   como los Araujo, por allá en la avenida Los Puentes, los mejores carpinteros de todos los tiempos de San Juan de los Morros.

 

 

 

 

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