EL LIBRO MÁS ÚTIL DE MI BIBLIOTECA.
Edgardo Rafael Malaspina Guerra
1
He leído muchas frases célebres sobre los libros. Me
gustan las de Jorge Luis Borges, Augusto
Monterroso, Marguerite Yourcenar e Irene
Vallejo, por nombrar a algunos escritores. Pero a la final me quedo con
una de Montesquieu, porque considero que me ha servido mucho en momentos muy difíciles. Montesquieu
escribió:
“No he sufrido nunca una pena que una hora de lectura
no me haya quitado”.
2
Mi biblioteca fue creciendo
lentamente. Aparecieron novelas, ensayos, tomos de historia y poesía. La
mayoría de los ejemplares los encontré en librerías formales y de viejo. A
estas últimas pertenecen los comprados a
Emilio, el buquinista de San Juan de los Morros, y también los que me traje,
con generosa ventaja económica, de las buhardillas y ferias medievales que
pululan debajo del puente de Las Fuerzas Armadas en Caracas .
Otros me fueron obsequiados en sus presentaciones o
bautizos. Otros más, me los regalaron amigos. Ese fue el caso de “La victoria estratégica” (2010) de Fidel
Castro, un mamotreto de casi mil páginas, donde Castro narra la lucha del
Ejército Rebelde contra el ejército de Fulgencio Batista.
Le di unas ojeadas para aplicarle las tecnicas recomendadas por Pierre Bayard en su ensayo “Cómo hablar de los libros que no se han leído” (2008);
y entendí que ,de alguna manera, Castro quiso imitar a Julio César en sus Comentarios
de la Guerra de las Galias.
3
Me dije: ya leí en mi juventud los diez tomos de
Guerra de guerrillas del Che Guevara. Esa época romántica y utópica ya pasó.
Este no lo leeré.
“El que no es
de izquierda de joven no tiene corazón, y el que lo sigue siendo de adulto no
tiene cabeza”. Afirman que lo dijo Winston Churchill.
4
“La victoria estratégica” está hilvanada a través de largos discursos
repetitivos: una página abierta al azar tiene un texto que parece encontrarse
con la misma grandilocuencia en otra
página, también abierta al azar.
5
Comprendí entonces que aquellas mil páginas exigían paciencia que ya no tengo. Como decía un amigo
italiano allá en Las Mercedes del Llano: Me llegó la “viejez”, y el tiempo pasa
más rápido.
El destino quiso que, precisamente por aquellos días, la
mesa-escritorio de mi biblioteca
empezara a cojear.
Probé los remedios habituales: cartones doblados,
papeles, pequeños trozos de madera. Nada funcionaba. Siempre terminaban
desplazándose y el problema reaparecía.
6
Mientras buscaba una solución definitiva, mis ojos se
detuvieron sobre el enorme libro de los discursos de Castro. Permanecía olvidado en un rincón, intacto,
orgulloso y completamente inútil.
Entonces tuve una revelación. Lo coloqué
cuidadosamente debajo de la pata más corta de la mesa. El resultado fue
inmediato. La mesa quedó perfectamente estable. Ni un movimiento. Ni un
balanceo. Ni un libro en el
suelo.
Por primera vez desde que aquel voluminoso ejemplar
había entrado en mi casa, prestaba un servicio auténtico.
7
Confieso que experimenté una satisfacción difícil de
describir. No porque hubiera encontrado una solución práctica, sino porque, de
repente, todas aquellas frases célebres sobre los libros adquirieron un
significado inesperado.
Montesquieu tenía razón. Aquel libro alivió uno de mis
problemas, aunque sospecho que no era exactamente el tipo de alivio que él
tenía en mente.
También era cierto que un libro siempre viene en
nuestra ayuda. Algunos lo hacen iluminando nuestra mente. Otros, estabilizando una
mesa.
8
Comprendí la profundidad de la sentencia de Umberto
Eco: “Los libros deben respetarse usándolos, no dejándolos en paz”.
9
Con esta idea
de reparar la pata de una mesa con un
método libresco, aunque poco
convencional, no aspiro a incursionar en la ebanistería. Ese arte esencial es
para gente muy talentosa como los
Araujo, por allá en la avenida Los Puentes, los mejores carpinteros de todos
los tiempos de San Juan de los Morros.

